Por: Jazán Ari Litvak

Todos hemos tenido, de un modo u otro, contacto con la música sinagogal. Es parte de nuestra vida y experiencia religiosa, y en realidad es algo tan natural y cotidiano que a veces no reparamos en la profundidad de este universo. Nos reunimos, cantamos y rezamos, nos llenamos espiritualmente con lo que implica esta vivencia, pero no necesariamente nos ponemos a pensar en cuántas cosas

–milenarias muchas de ellas– hay detrás de lo que estamos haciendo. A veces, nos limitamos a la fácil comparación entre las sinagogas que cantan de un modo “moderno” y las que son más tradicionalistas.

Pero esa es una diferenciación más bien superficial: los modos tradicionales de cantar son muy variados –por ejemplo, las diferencias entre la música sinagogal de Europa del Este y la de Alepo o Damasco (Siria) –, y ortodoxos, conservadores y reformistas por igual han incorporado mucha música “moderna” a sus costumbres litúrgicas.

¿Cuáles son las verdaderas diferencias musicales en la sinagoga, las que enriquecen nuestra identidad judía?

La primera tiene que ver con lo que es el Nusaj Hatfilá y lo que son las canciones que se pueden incorporar al rezo. El Nusaj es la estructura melódica que se usa a lo largo de todo un rezo, y aunque es verdadera música, no es una canción en forma. Quienes nos acompañan cada mañana y cada tarde en los rezos de Shajarit y Minjá, pueden identificar que hay una tonadilla siempre presente. Por ejemplo, en el rezo matutino esa melodía breve y sencilla se presenta en todas los textos que el Sheliaj Tzibur pronuncia en voz alta, que se repite en cada inicio o final de párrafo.

O, quienes nos acompañan en los rezos de Kabalat Shabat, lo pueden identificar en las brajot que el jazán dice desde el momento de iniciar el rezo de Arvit.

Muy distinto es aquello que sí podemos definir como “canciones”. Todas las comunidades judías las usan por igual, pero en el Movimiento Masortí las aprovechamos de una manera especial (tanto en cantidad como en calidad) para cumplir con la prescripción halájica de embellecer el Shabat. Ejemplos de canciones los encontramos en el Adon Olam o el Oséh Shalom.

Las diferencias no terminan allí: la tradición judía nos enseña a distinguir entre los rezos que se celebran en días comunes y los que se hacen  en Shabat o en las festividades, ya sean los Shloshet Haregalim (Pesaj, Shavuot y Sucot), o los Yamim Noraim (Rosh Hashaná y Yom Kipur). Quienes hayan puesto atención en cómo se desarrollan estos rezos, podrán recordar que usamos muchas melodías especiales y diferentes.

¿Desde cuándo existen estas diferencias en nuestro modo de rezar? Tal vez sea imposible contestar esa pregunta por medio de una investigación histórica o arqueológica, pero el Talmud nos da una pista. Nuestros sabios se preguntaron por qué la Torá habla de “el D-os de Abraham, el D-os de Itzjak y el

D-os de Yaacov”. ¿Por qué no dice, simplemente, “el D-os de Abraham, Itzjak y Yaacov”? Y nuestros sabios contestan: porque cada uno tuvo su propia experiencia; cada uno encontró, conoció y experimento a D-os de un modo particular y propio, enseñándonos con ello que la percepción existencial de lo Divino no es algo que se herede de nuestros padres, sino algo que cada uno debe encontrar por sí mismo.

Tal vez esto implique que cada uno se dirigió a D-os de manera particular, distinta. Y tal vez allí está el origen de nuestra riqueza musical. Durante los mil años de existencia del Beit Hamikdash, el oficio de los levitas seguramente logró que hubiera cierta unficación en las melodías con las que se alababa a D-os. Pero tras la destrucción del Templo en el año 70, cada comunidad judía presente en cualquier lugar del mundo pudo desarrollar libremente su propia personalidad musical.

Y era lógico. El judaísmo, desde la época de nuestros patriarcas, ya permitía esa flexibilidad. Por ello, resulta lógico que cada comunidad haya desarrollado su propio estilo: Sefarad (España), Marruecos, Alemania, Polonia, Rusia, Siria (Damasco y Alepo), Egipto, Persia (Irán), etc. Ya para el siglo XVII, la música judía era un fenómeno cultural riquísimo por derecho propio.

La aparición y consolidación de los movimientos reformista y conservador trajo un nuevo desarrollo. El movimiento reformista nace en Alemania, un país que siempre fue vanguardia en las técnicas musicales. Aprovechando lo mejor que ofrecían los conocimientos del país donde nacieron y compusieron sus obras artistas de la talla de Bach, Beethoven, Mendelssohn, Schuman y Brahms, compositores judíos como Louis Lewandovski, Samuel Naumbourg y Salomon Sulzer, lograron una aportación revolucionaria para la música singogal, y escribieron muchas melodías que se siguen usando hasta el día de hoy, lo mismo en sinagogas tradicionalistas que liberales (por ejemplo, la más famosa tonada del Aleinu es obra de Lewandovski).

En el transcurso de los últimos cien años, los compositores judíos latinoamericanos también empezaron a hacer sus aportaciones, y hoy por hoy la cantidad de música para uso sinagogal que lleva el sello de la América hispanoparlante es cada vez mayor, tanto en su cantidad como en su calidad.

Los movimientos de emancipación femenina que se iniciaron en los Estados Unidos en los años sesenta y setenta, también impactaron en la música litúrgica judía, y las sinagogas reformistas y conservadores pronto disfrutaron de las aportaciones de las jazaniot (mujeres con el oficio de jazán). Poco a poco, las mujeres conquistaron por derecho y mérito propio este espacio.

El otro factor que, indiscutiblemente, le dio un nuevo matiz a todo este panorama, fue la refundación de Israel como nación libre y del pueblo judío. Desde 1948, allí se han dado cita todas las tradiciones judías posibles, y con el paso de los años eso ha generado una riqueza cultural en todo sentido, pero especialmente musical. Allí conviven los tradicionalismos más característicos con las fusiones más sorprendentes.

Todo eso ha confirmado el perfil plural del judaísmo. Pese a que hay temas que siguen siendo controversiales en algunos sectores –como la participación de la mujer como directora del rezo–, la realidad es que hoy en día el judaísmo ofrece toda una gama de opciones que pueden satisfacer las necesidades espirituales de todos los judíos del mundo, tan distintos entre sí como en su momento lo fueron nuestros padres Abraham, Itzjak y Yaacov.

Hay quienes se sienten plenos con un rezo muy tradicional y sin acompañamiento instrumental; hay quienes encuentran una intensa experiencia espiritual cantando con música tradicional y solemne, pero bellamente acompañada por pianos u órganos; hay quienes disfrutan de su religiosidad judía al ritmo de Gospel; hay quienes vibran al unir sus voces al ritmo de intrumentos de percusión, hay quienes encuentran su conexión con el Todopoderoso cuando escuchan la maravillosa voz de un jazán de estilo operístico; pero también quienes se deleitan ante la belleza de la voz de una mujer; y, afortunadamente, existen diferentes sinagogas en las que hay de todo tipo de judíos usando toda clase de Nusajot y canciones, y –a fin de cuentas– todos con el mismo objetivo.

Más allá de estas diferencias, el reto es ser tolerantes e inclusivos primero, luego verdaderamente fraternos y solidarios, y rezar sin pensar en lo que nos diferencia, sino concentrados en la verdadera Kavaná, con esa devoción e intención que hace que la experiencia de estar en el Beit Hakneset sea algo que verdaderamente valga la pena, le dé sentido a nuestras vidas.

Con todo ello en mente, deseo que en estos Yamim Noraim, melodías que volveremos a tomar de nuestros majzorim se conviertan en una parte especial en la vida de cada uno de nosotros para ser mejores personas, más espirituales, y así estar más cerca de D-os, de nuestro prójimo y de nosotros mismos. Detrás de cada letra, de cada párrafo, de cada página que encontramos en nuestros libros de rezos, podemos hallar mucha riqueza, tanta historia, tanto de nosotros mismos como seres humanos y como judíos, que vale la pena hacer el esfuerzo de conectarnos con ello, lo más abstracto de nosotros mismos, aquello en lo que nuestra alma entra en contacto con D-os, a quien nuestra mente humana no puede comprender ni definir, pero en cuya presencia nos sentimos plenos como personas y como parte de Am Israel.

¡Con mis mayores deseos de Shaná Tová  Umetuká!